Así es la vida en el último monasterio de Ciudad Juárez
En el marco de la conmemoración del 8 de marzo, las religiosas de clausura encarnan la valía de la mujer desde el servicio y como una expresión de paz, como ellas mismas lo definen.
Sin embargo, a los ojos de un mundo moderno, su vida podría corresponder a la Edad Media, como su propio hábito. Sus días transcurren entre la oración, el sacrificio y el amor ofrecido a los demás.
Ese sacrificio, dijo el Papa Francisco, es la fuerza invisible que sostiene la misión de la Iglesia. A imitación de Cristo, “asumen los problemas del mundo, las dificultades, las enfermedades, muchas cosas, y rezan por los demás”.
En Ciudad Juárez, esa enorme responsabilidad recae en las últimas 10 religiosas de clausura.
La última vocación que perseveró ingresó hace ocho años. La hermana más joven tiene 33 años y la mayor 76. Con el paso del tiempo varias han fallecido y sus lugares no han sido ocupados. La congregación se va apagando.
Se trata de la orden de las Hermanas Clarisas Capuchinas de Santa Clara del Monasterio de Cristo Rey, en La Chaveña, el único recinto de vida contemplativa en esta frontera.
Y en el estado la situación no es diferente. En Chihuahua capital hay siete religiosas de esta orden; en Madera, siete; y en Casas Grandes, 13.
En el caso de Juárez, para sostenerse elaboran repostería y venden artículos religiosos. A través de una pequeña ventana en la puerta principal entregan comida a personas necesitadas; en ocasiones reparten hasta 40 platillos en un día. Aunque su formación inicial concluye con los votos perpetuos, hoy en día continúan estudiando documentos de la Iglesia diariamente.
De las 10 hermanas en Juárez, tres son originarias de Zacatecas; también hay de Aguascalientes, Michoacán y Veracruz. Del estado, provienen de Ascensión y Delicias, además de tres juarenses.
Sor Elena de la Cruz Fernández suma 38 años de vida religiosa. Hace 22 años llegó a Ciudad Juárez con otras tres hermanas desde Zacatecas, para reforzar una comunidad que entonces ya contaba con religiosas ancianas y enfermas. Todas ellas han fallecido.
La vocación más reciente en esta frontera es la de Sor Verónica Gaytán, originaria de Ascensión, Chihuahua. Se encuentra en su cuarto año (de cinco) de votos temporales; después profesará de manera perpetua.
Sor Elena explica que existen dos formas de vida consagrada para las mujeres: la activa y la contemplativa. La primera corresponde a órdenes que trabajan en colegios, hospitales, misiones o catequesis. La segunda se desarrolla en monasterios de clausura.
Anteriormente, las reglas monásticas, prohibían que las religiosas salieran. El contacto con el exterior se hacía a través del torno, que era una ventana giratoria que permitía intercambiar objetos sin que ellas fueran vistas. No salían ni siquiera cuando fallecía un familiar; sólo se les avisaba.
Pero en las últimas dos décadas, la dinámica ha cambiado, reconoce Sor Elena. Ahora tienen permiso de visitar incluso a sus padres, salir para pagar impuestos o acudir al médico. Se trasladan en una camioneta y la hermana que conduce puede ir a tomar cursos de manejo y sacar la licencia. En Navidad y Pascua modifican sus horarios dentro del monasterio y pueden ver películas o series bíblicas.
Sor Elena atribuye la falta de vocaciones a que ahora, “las chicas quieren hacer más cosas”; les resulta difícil dejar el celular y las redes sociales, además de que pesa el silencio, el encierro y la distancia de la familia.
Hace menos de un año ingresó una postulante que permaneció ocho meses. Otras cinco o seis han durado semanas o un mes. “Nos dicen: yo encerrada no puedo”.
Vocación no es desilusión, sino un llamado de amor y renuncia
La vocación religiosa no nace de una desilusión amorosa ni de la falta de oportunidades para formar una familia, sino de un llamado profundo de Dios que implica renuncia y entrega, afirma Sor Elena.
Originaria de Calera, Zacatecas, creció en una familia profundamente religiosa con ocho hermanos. Era la mayor de las mujeres y contó con el apoyo de sus padres para ingresar.
“Yo estaba enamorada”, reconoce. Sin embargo, desde antes de conocer al joven con quien sólo platicaba de su casa al templo, ya sentía el deseo de consagrarse. Aún así, él le prometió esperarla durante un año y, tras ingresar a la orden, él visitaba a su hermana con la esperanza de escuchar que se había arrepentido de su vocación. Finalmente, desistió, y el joven se casó con alguien más.
“Muchas veces la gente cree que nos metemos al convento por desilusión, porque no encontramos novio, porque no encontramos con quién casarnos, por escaparnos de la familia. La gente no se fija a lo que renunciamos”, aseguró Sor Elena.
“Yo renuncié a estar enamorada y nos metemos aquí porque nos llama Dios y nos da la gracia de responder, renunciando tal vez a algo hermoso, pero esto que sentimos dentro es más grande que lo que nos ofrece el mundo”.
Desde su vida de oración, afirma que cada sacrificio es ofrecido por otros. “A mí lo que me hace feliz y me realiza es sentir que soy de Dios y que lo que yo entrego aquí todos los días cada día es por alguien. Yo estoy aquí por convicción. Es cierto, yo renuncié a amar a una persona, pero entrego mi vida para amar a todos los demás, por Dios.
Convencida de su elección, afirma: “Si no creyera que Dios me ama, que todos los días vivo por Él y que todos los días respiro por Él, ¿qué caso tendría estar aquí?”.


