Estafas, robos y mentiras: así construyó Jeffrey Epstein su fortuna
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Estafas, robos y mentiras: así construyó Jeffrey Epstein su fortuna

Dic 23, 2025

Una noche de principios de 1976, un Jeffrey Epstein de abundante cabellera asistió a un evento en una galería de arte de la zona de Midtown Manhattan. Epstein era maestro de matemáticas y física en la prestigiosa Dalton School de la ciudad, y el padre de uno de sus alumnos lo había invitado. Al principio mostró reparos, diciendo que no salía mucho. Finalmente cedió. Esa resultó ser una de las mejores decisiones que tomó en su vida.

En la galería, Epstein se encontró con otro padre de familia de Dalton, que había oído hablar de las prodigiosas habilidades matemáticas del joven de 23 años. El padre le preguntó si alguna vez había pensado en trabajar en Wall Street, según una grabación inédita de Epstein y un documento preparado por sus abogados. Epstein se mostró dispuesto. El padre llamó a un amigo: Ace Greenberg, un alto ejecutivo de Bear Stearns. Epstein, le dijo el amigo a Greenberg, estaba “perdiendo el tiempo en Dalton”.

Greenberg invitó a Epstein a las oficinas de la empresa de inversión en el número 55 de la calle Water, en el extremo sur de Manhattan. Epstein llegó con un suéter de cuello de tortuga. Aunque el joven no tenía ni la más remota idea de cómo funcionaba Wall Street, Greenberg quedó impresionado. Él había ayudado a convertir Bear Stearns en una de las empresas más aguerridas del sector al apartarse de la práctica tradicional de la banca de inversión: en lugar de contratar graduados de universidades de la Ivy League con maestrías, prefería a quienes él llamaba PSD, siglas en inglés que se referían a personas pobres, inteligentes y que tenían “un profundo deseo de hacerse ricas”.

Epstein encajaba a la perfección. Él creció en una familia de clase trabajadora de Coney Island. Sus amigos lo describían como un genio de las matemáticas y un virtuoso del piano. Y anhelaba la riqueza, algo de lo que Greenberg y sus colegas no tardarían en darse cuenta. Ese rasgo ya se había manifestado en el noveno grado, como nos contó una compañera de clase a la que Epstein le predijo que algún día sería muy rico.

Antes de ofrecerle trabajo a Epstein, Greenberg lo llevó a conocer a otro alto ejecutivo, Michael Tennenbaum. Su hijo, que era alumno de Dalton, le informó a su padre que Epstein era popular entre los estudiantes y las empleadas jóvenes de la escuela. Epstein fue al despacho de Tennenbaum, con vista al puerto de Nueva York, para una entrevista. “Era un vendedor increíble”, nos dijo Tennenbaum. Epstein quedó contratado.

Fue un golpe de suerte extraordinario para él; el primero de muchos. Los administradores de Dalton, poco impresionados con su desempeño como docente, le habían pedido que abandonara la escuela al terminar el ciclo académico. Ahora, de la noche a la mañana, tenía un nuevo empleo que le pagaba alrededor de 25.000 dólares al año (unos 140.000 en dólares actuales).

Greenberg veía al joven como su protegido. No pasó mucho tiempo antes de que invitara a Epstein a una cena, donde lo sentó junto a su hija de 20 años, Lynne, quien nos dijo que sospechaba que se trataba de una maniobra planeada. Los dos congeniaron y empezaron a salir. La noticia de que el recién llegado tenía un romance con la hija del jefe se propagó rápidamente y le dio a Epstein cierta inmunidad dentro de la empresa.

Al poco tiempo, Tennenbaum se convirtió en el supervisor de Epstein. “Estaba demostrando ser muy talentoso”, nos dijo Tennenbaum. Sin embargo, a finales de 1976 recibió una llamada telefónica desconcertante del jefe del departamento de personal de Bear Stearns. Los empleados, con retraso, habían revisado al fin el currículum de Epstein, en el que afirmaba haber obtenido títulos de dos universidades de California.

Ace Greenberg, un alto ejecutivo de Bear Stearns, contrató a Epstein y luego le presentó a su hija.Credit...Fred R. Conrad/The New York Times
Ace Greenberg, un alto ejecutivo de Bear Stearns, contrató a Epstein y luego le presentó a su hija.Credit…Fred R. Conrad/The New York Times

“¿Estás sentado?”, le preguntó el encargado de recursos humanos a Tennenbaum. “Ninguna de las dos escuelas ha oído hablar de él”.

Tennenbaum estaba en una situación delicada. Le preguntó a Greenberg qué hacer. La respuesta, nos contó Tennenbaum, fue que debía tratar a Epstein como si fuera un empleado normal; una instrucción que dejaba claro que, gracias a sus relaciones, Epstein realmente no era un empleado normal.

Llamó a Epstein a su despacho. “Mentiste sobre tu formación”, le dijo.

“Sí, lo sé”, respondió Epstein tranquilamente. Nunca se había graduado de la universidad. Tennenbaum recuerda que aquella admisión lo desarmó. Décadas después, lo vería como un ejemplo de la capacidad de Epstein para manipular sus objetivos. En este caso, a él.

“¿Por qué lo hiciste?”, tartamudeó Tennenbaum.

Sin un título impresionante o dos, dijo Epstein, “sabía que nadie me daría una oportunidad”.

Eso resonó en Tennenbaum. Él mismo se había beneficiado a lo largo de los años de varias segundas oportunidades. Entonces, accedió a darle una a Epstein también.

Este fue quizá el primer ejemplo de Epstein siendo sorprendido haciendo trampa y luego eludiendo el castigo gracias a su insólita habilidad para aprovecharse de los que estaban en posiciones de poder. Ese se convertiría en un patrón de por vida, uno que explica en gran medida su notable éxito para acumular riqueza y, con el tiempo, orquestar una vasta operación de tráfico sexual.

Casi cinco décadas después, y más de seis años después de su muerte, Epstein se ha convertido en una obsesión en Estados Unidos. La fascinación pública no hizo más que intensificarse cuando el presidente Donald Trump se negó inicialmente este año a hacer públicos los registros de la investigación federal sobre el infame delincuente sexual, antes de dar marcha atrás por la presión.

Gran parte de los últimos 25 años de la vida de Epstein ha sido examinada minuciosamente, incluida la forma en que, en la década de 1990 y principios de la de 2000, amasó cientos de millones de dólares gracias a su trabajo para el magnate del comercio minorista Leslie Wexner. Sin embargo, la comprensión pública del ascenso inicial de Epstein ha estado rodeada de misterio. ¿Cómo logró un desertor universitario de Brooklyn abrirse paso desde el frente de un aula de preparatoria hasta la cúspide de las finanzas, la política y la alta sociedad estadounidenses? ¿Cómo pasó Epstein de estar a punto de ser despedido en Bear Stearns a gestionar el patrimonio de multimillonarios? ¿Cuáles fueron los orígenes de su propia fortuna?

Hemos pasado meses intentando arrojar algo de luz sobre este misterio. Hablamos con decenas de antiguos colegas, amigos, novias, socios y víctimas financieras de Epstein. Algunos accedieron a hablar públicamente por primera vez; otros insistieron en hablar de manera confidencial, pero nos dieron acceso a registros nunca vistos y a más información. Revisamos archivos privados y localizamos grabaciones y transcripciones inéditas de antiguas entrevistas, incluida una en la que Epstein hizo un errático recuento de su historia personal y profesional. Examinamos a fondo diarios, cartas, correos electrónicos y álbumes de fotos, incluidos algunos que pertenecían a Epstein. Revisamos miles de páginas de registros judiciales y gubernamentales.

El resultado es el retrato más completo hasta la fecha de uno de los delincuentes más famosos del mundo, una narración que difiere en aspectos importantes de los relatos publicados anteriormente sobre el ascenso de Epstein, incluida su llegada a Bear Stearns.

Descubrimos que en sus dos primeras décadas de negocios, más que un genio financiero, Epstein era un prodigioso manipulador y mentiroso. Abundan las teorías conspirativas que sostienen que Epstein trabajaba para servicios de espionaje o que dirigía una lucrativa operación de chantaje, pero nosotros encontramos una explicación más prosaica de cómo construyó su fortuna. Un estafador implacable, malversó cuentas de gastos, urdió operaciones con información privilegiada y mostró una notable habilidad para despojar de su dinero a inversionistas y empresarios aparentemente sofisticados. Empezó poco a poco, probando sus tácticas y viendo hasta dónde podía salirse con la suya. Sus primeros éxitos sentaron las bases de maniobras más ambiciosas en el futuro. Una y otra vez demostró estar dispuesto a operar al filo de la ilegalidad y a quemar puentes en su búsqueda de riqueza y poder.

Michael Tennenbaum, jefe de Epstein en Bear Stearns, lamenta no haber puesto fin a la carrera de Epstein cuando tuvo la oportunidad.Credit...Elizabeth Bick para The New York Times
Michael Tennenbaum, jefe de Epstein en Bear Stearns, lamenta no haber puesto fin a la carrera de Epstein cuando tuvo la oportunidad.Credit…Elizabeth Bick para The New York Times

Peldaño a peldaño, Epstein ascendió en la escala social y financiera, a menudo utilizando a mujeres jóvenes como una potente moneda de cambio. Sus novias, sus amantes e incluso sus exparejas ayudaron a elevar su estatus dentro de un banco, lograron que lo contrataran para localizar activos desaparecidos y le consiguieron entrada en organizaciones prestigiosas. Y, deliberadamente o no, algunas le ayudaron a construir una operación de tráfico sexual que más tarde atraparía a cientos de chicas adolescentes y mujeres jóvenes.

Esa historia comienza en Bear Stearns, el lugar donde Epstein aprendió a ganar y a utilizar el poder. La institución siguió facilitándole el camino mucho después de que hubiera mostrado su verdadera naturaleza.

Más de cuatro décadas después, Tennenbaum sigue lamentando no haber puesto fin a la carrera de Epstein cuando tuvo la oportunidad.

“No me di cuenta”, dijo, “de que estaba creando a uno de los monstruos de Wall Street”.

‘Profundamente ofendido’ por una investigación interna

Habiendo eludido las consecuencias de sus actos, Epstein tenía un futuro brillante por delante. En 1980, Bear Stearns lo nombró socio limitado —un peldaño por debajo de un socio pleno— y Epstein, que entonces tenía 27 años, afirmó que era el socio más joven de la historia de la empresa. Ganaba unos 200.000 dólares al año (más de 800.000 en dólares actuales). Para entonces, su relación con la hija de Greenberg se había enfriado —ella nos dijo que se dio cuenta de que Epstein “mentía sobre todo”—, pero su notoriedad seguía en aumento.

Volaba regularmente a Palm Beach, Florida, para visitar a mujeres jóvenes. Ese verano, Cosmopolitan lo nombró su “soltero del mes”, describiéndolo como un “torbellino” que “¡solo habla con personas que ganan más de un millón al año!”. La revista animaba a las personas interesadas a escribirle a la dirección de su trabajo.

Uno de los secretos del éxito inicial de Epstein fue su estrecha relación con Jimmy Cayne, un alto ejecutivo que algún día dirigiría Bear Stearns. Empezaron a correr rumores, quizá alimentados por la envidia, de que Epstein ayudaba a Cayne, fallecido en 2021, a conquistar mujeres y conseguir drogas, según varios de sus colegas. Cayne hablaba maravillas de Epstein a sus colegas y empezó a presentarle a algunos de sus clientes más lucrativos.

“Eso fue lo que realmente lo catapultó”, recordó Tennenbaum, que describió a Epstein y Cayne como “dos depravados”. Una o dos veces por semana, Epstein anunciaba que iba a comer con el director ejecutivo de una empresa importante; reuniones aparentemente organizadas por Cayne, dijo Elliot Wolk, quien llegó a ser jefe de Epstein después de Tennenbaum. Wolk suponía que el atractivo de Epstein para estos clientes se debía en parte a su carisma y en parte a su recién adquirida comprensión de complejas estrategias de negocios que podían ahorrarle sumas enormes en impuestos a los ultrarricos.

Pero Epstein no se conformó con solo ascender en la escala empresarial. En 1980, voló por cuenta de Bear Stearns a una conferencia en el Caribe. Ahí gastó más de 10.000 dólares en joyas y ropa para su nueva novia y los cargó a la empresa. El departamento de contabilidad se percató de los pagos y los señaló al controlador financiero, quien rápidamente llegó a la conclusión de que esos gastos eran indebidos, según una persona con conocimiento directo de lo ocurrido. El contralor financiero informó del asunto a Greenberg, que en ese entonces era el director ejecutivo. Una vez más, no hubo consecuencias.

Pronto surgieron problemas más graves. Cuando los bancos de inversión ayudan a las empresas a cotizar en la bolsa, pueden repartir acciones entre sus clientes favoritos antes de que las acciones empiecen a cotizar en los mercados públicos. Obtener acceso anticipado es un privilegio lucrativo, porque el valor de las acciones suele dispararse en las primeras horas de negociación, lo que representa una ganancia rápida y de bajo riesgo para los titulares iniciales. Los directivos de Bear Stearns se enteraron de que Epstein estaba dando acceso a su novia a estas “oportunidades privilegiadas”, como nos contaron varios de sus colegas.

Al poco tiempo, la empresa descubrió otra infracción: Epstein había prestado 15.000 dólares a un compañero de la escuela en una operación que infringía las normas federales que rigen a los corredores de bolsa. Y podría haber habido más: la Comisión del Mercado de Valores (SEC, por su sigla en inglés) pronto llevaría a cabo una investigación sobre operaciones con información privilegiada antes de un intento de adquisición de una empresa; la SEC entrevistó a Epstein, aunque nunca se le acusó de ningún delito.

A principios de 1981, Bear Stearns empezó a investigar a Epstein, y dos altos ejecutivos lo interrogaron sobre las acciones de la novia en la oferta pública inicial y sobre el préstamo personal. Epstein negó haber actuado mal y se sintió “profundamente ofendido” por la investigación, como dijo más tarde en una carta a sus colegas. El comité ejecutivo de la empresa decidió imponerle una multa de 2500 dólares y suspenderlo durante dos meses, según una nota que los líderes de la empresa enviaron a los empleados y que nosotros revisamos. En lugar de aceptar esta humillación, Epstein anunció que renunciaba.

Su período de cinco años en Bear Stearns había terminado, pero Epstein no tenía intención de irse de Wall Street. Las conexiones y credenciales que había acumulado en la firma serían indispensables para atraer clientes y víctimas financieras. Al darle segundas oportunidades, Bear Stearns allanó el camino hacia un futuro que superaría con creces todo lo que habría sido posible de haberse quedado en la empresa. En lugar de rechazar a su colega expulsado, los empleados lo apoyarían y le ayudarían a prosperar.

Una estafa petrolera de 450.000 dólares

Uno de los contactos de Bear Stearns que resultaría invaluable para Epstein era una vendedora de nivel inicial —y ex Miss Indianápolis— llamada Paula Heil. Ella expondría a Epstein a un mundo de riqueza, privilegios y posibilidades que no había visto antes.

Empezaron a salir antes de que él dejara Bear Stearns; localizamos un libro de autoayuda financiera que Heil escribió en 1981 y que estaba dedicado “a Jeffrey”. Ese año, la pareja viajó a Inglaterra. Estando ahí, Heil llevó a Epstein a visitar a un conocido acaudalado, Nick Leese, en la mansión de campo de su familia. Ahí conocieron al padre de Nick, Douglas Leese, un contratista de defensa con amplios contactos en la industria armamentística y el gobierno británico. Epstein le cayó bien de inmediato.

Al poco tiempo Epstein ya viajaba con regularidad a Inglaterra y pasaba tiempo en el exclusivo mundo de los Leese. Epstein daba clases a Julian, el hijo menor de Douglas, y Julian le enseñó a disparar. Douglas se convirtió en mentor de Epstein, le permitía acompañarlo a reuniones con la élite británica e internacional y lo contrató como asesor con una cuenta de gastos. Nick, por su parte, presentó a Epstein a jóvenes promesas de Wall Street, según uno de ellos, que recuerda a Epstein sentado en silencio durante una pequeña reunión en el departamento de un amigo a principios de la década de 1980. “Parecía alguien que estaba tomando notas en un rincón”, nos dijo. Epstein era “parte de la familia”, dijo Julian más tarde a Tom Pattinson, un periodista británico que compartió con nosotros la transcripción inédita de la entrevista. (Julian murió en 2024).

Para 1982, Jeffrey Epstein se codeaba con socialités en eventos benéficos, incluyendo a miembros de la acaudalada familia Davis, en una fiesta de la Fundación para la Diabetes Infantil, en Denver.Credit...Tom Masamori/WWD/Penske Media, a través de Getty Images
Para 1982, Jeffrey Epstein se codeaba con socialités en eventos benéficos, incluyendo a miembros de la acaudalada familia Davis, en una fiesta de la Fundación para la Diabetes Infantil, en Denver.Credit…Tom Masamori/WWD/Penske Media, a través de Getty Images

Esta pudo haber sido la primera experiencia cercana de Epstein con la verdadera riqueza generacional, y le gustó lo suficiente como para querer más. La relación terminó un par de años después, cuando Douglas Leese acusó a Epstein de abusar de su cuenta de gastos cargando vuelos personales en el Concorde y estancias en hoteles de lujo. “Estaba muy enfadado y molesto por eso”, dijo Julian sobre su padre. “Y dijo que no quería tener nada más que ver con Jeffrey”.

Epstein había estado gastando de forma extravagante y, a pesar de su elevada remuneración en Bear Stearns y de su trabajo para Leese, se encontraba ajustado de dinero; en ocasiones incluso le rebotaron los cheques del alquiler. De vuelta en Nueva York, se asoció con John Stanley Pottinger, un abogado que acababa de dejar un alto cargo en el Departamento de Justicia. Epstein, Pottinger y el hermano de Pottinger alquilaron una oficina en un ático en el Hotel St. Moritz de Central Park South. (La corredora, Joanna Cutler, nos dijo que Epstein inicialmente no le había pagado la comisión).

Según Bob Gold, amigo de Epstein, este y los Pottinger ofrecieron estrategias de evasión fiscal a clientes ricos, entre ellos algunos que Gold cree que Epstein conoció a través de Bear Stearns. Hasta ahora no se había informado de esta efímera asociación empresarial, y es especialmente notable porque décadas más tarde Pottinger se asociaría con Brad Edwards para representar a decenas de mujeres que acusaron a Epstein de haber abusado sexualmente de ellas. (Edwards nos dijo que solo sabía que Pottinger y Epstein compartieron un despacho brevemente, no que hicieran negocios juntos. Pottinger diría más tarde que conoció a Epstein a través de un cliente).

Epstein siguió sacando provecho de su afiliación a Bear Stearns, a pesar de haber abandonado la empresa bajo una nube de sospechas. Sorprendió a un conocido contestando el teléfono de su casa, donde atendía algunas llamadas de negocios, diciendo: “Bear Stearns”.

Y algunos de los antiguos colegas de Epstein en la empresa consideraron oportuno mantener amistades con él; amistades que resultarían extraordinariamente provechosas para Epstein. Uno de ellos era Clark Schubach, quien había sido uno de los gerentes de Epstein. Hablando públicamente por primera vez, Schubach nos dijo que tenía buenos recuerdos de Epstein, quien le parecía un luchador de los barrios periféricos de la ciudad, igual que Schubach, que creció en el Bronx.

En 1982, presentó a Epstein a Michael Stroll, quien dirigía una empresa de máquinas de pinball y videojuegos. Stroll confiaba en Bear Stearns y en Schubach. Él le dio 450.000 dólares —aproximadamente el 10 por ciento de su patrimonio neto— a Epstein, para que los invirtiera en un supuesto negocio de petróleo crudo que Epstein le dijo que estaba planeando.

En menos de dos años, la mayor parte del dinero se había esfumado, dijo Stroll más tarde en una entrevista inédita con Thomas Volscho, profesor del College of Staten Island, quien ha dedicado años a investigar los primeros años de Epstein y compartió algunas de sus notas y documentos con nosotros. Epstein empezó a eludir las llamadas telefónicas de Stroll; en un momento dado, le envió un cuarto de galón de petróleo en un intento de convencerlo de que realmente había un acuerdo en marcha. La disputa terminó en un tribunal civil, donde Stroll alegó que Epstein había prometido devolverle el dinero, pero nunca lo hizo. En 1993, Epstein se impuso por cuestiones técnicas, y un juez dictaminó que no era personalmente responsable. Décadas después, Stroll sigue resentido. “Es un imbécil despreciable”, nos dijo.

La estafa a Stroll marcó un punto de inflexión para Epstein. Ya había demostrado ser capaz de traicionar a amigos y benefactores que confiaban en él, pero ahora había pasado del uso descarado de cuentas de gastos a aparentemente fugarse con cientos de miles de dólares. Más tarde, Stroll se lamentaría con Volscho: “Sin saberlo, yo sembré su crecimiento”.

Un cazarrecompensas en las Islas Caimán

Durante el tiempo que pasó con la familia Leese, a Epstein le gustaba decirle a la gente que era un “cazarrecompensas” que rastreaba dinero oculto. Los Leese no se lo tomaban en serio —a Epstein parecía gustarle cultivar un aire de misterio—, pero muy pronto podría sostener esa afirmación.

Hacia 1982, un conocido común presentó a Epstein a Ana Obregón, una joven actriz y socialité española. En su primera cita, él la paseó por Manhattan en un Rolls-Royce. Ella quedó cautivada por su encanto y su aspecto, pero solamente quería ser su amiga; en sus memorias de 2012, después de que Epstein fuera declarado delincuente sexual, lo describió como “el hombre perfecto del que nunca me enamoré”.

Mientras Epstein cortejaba a Obregón, también tenía una novia seria: la modelo y ex Miss Suecia Eva Andersson. Empezaron a salir poco después de que ella se trasladara a Nueva York desde una pequeña ciudad de su país natal; muchos amigos y conocidos de Epstein han dicho que ella era el amor de su vida.

Sin embargo, eso no le impidió buscar a otras mujeres, sobre todo a las que tenían dinero o contactos. Durante su aventura con Obregón, la empresa de corretaje Drysdale Securities sufrió una implosión. Los Obregón, junto con otras familias españolas adineradas, contrataron a Epstein para que les ayudara a localizar sus millones perdidos. Ahora realmente era un cazarrecompensas.

Epstein reclutó a su amigo Bob Gold, un exfiscal federal, como su mano derecha. Gold nos contó que pasaron más de un año intentando encontrar los activos desaparecidos, que Drysdale aparentemente había ocultado mediante una enrevesada red de bancos extraterritoriales y empresas fantasma. Redujeron la lista de bancos donde podría estar escondido el dinero, pero terminaron en un punto muerto.

Entonces, un día de 1984, Gold fue al departamento de Epstein y lo encontró tocando un concierto de Rachmaninoff en el piano. De pronto, dice Gold, Epstein comenzó a revolver un montón de documentos y anunció que había resuelto el misterio: los fondos de los clientes habían ido a parar a la sucursal de un banco canadiense en las Islas Caimán. Hasta la fecha, Gold dice que no está seguro de cómo lo descubrió Epstein. Él y Epstein fletaron un avión Lear y se presentaron en el banco. Gold le advirtió a un director del banco de que podría estar en peligro legal si no entregaba certificados de bonos por valor de millones de dólares. Gold y Epstein regresaron a Estados Unidos con los títulos. (Gold dice que Epstein y él se distanciaron más tarde).

Epstein se benefició ampliamente de esos esfuerzos. Junto con los frutos de su estafa a Stroll, la ganancia significaba que Epstein casi con toda certeza había superado un hito impresionante: era millonario.

Los amigos de Epstein contaban que la modelo sueca Eva Andersson era el amor de su vida.Credit...Per Hessman/Åhlén & Åkerlund/TT, vía Sipa Image
Los amigos de Epstein contaban que la modelo sueca Eva Andersson era el amor de su vida.Credit…Per Hessman/Åhlén & Åkerlund/TT, vía Sipa Image

‘Tú eres alguien que me va a ayudar a llegar adonde quiero ir’

A mediados de la década de 1980, Epstein se había reincorporado a Bear Stearns, ahora como cliente valioso. Llamaba habitualmente a su antiguo jefe, Schubach, para dar órdenes de compra o venta de acciones, bonos y opciones. Dado que la empresa ganaba comisiones con las operaciones de Epstein, tenía un incentivo para mantenerlo contento.

En 1986, Schubach contrató a una joven menuda de 23 años llamada Patricia Schmidt para que fuera su asistente. Ella nos dijo que su trabajo principal consistía en ser un “atractivo visual”, pero que entre sus otras tareas estaba la de contestar al teléfono. Eso la ponía en contacto regular con Epstein.

Una noche, Schubach, que era un directivo de alto rango, le pidió que fuera al departamento de Epstein en la Torre Solow, un reluciente edificio de cristal negro en el Upper East Side de Manhattan, para entregarle un fajo de papeles. Epstein la recibió, le preparó un té y la invitó a volver cuando quisiera para usar la piscina de la azotea del edificio. Schmidt sospechaba que había sido enviada a Epstein porque era una joven atractiva. “Clark sabía exactamente lo que hacía enviándome al departamento de Jeff”, nos dijo. “Yo era su moneda de cambio con Jeff”.

Alrededor de una semana después, Schmidt aceptó la oferta de Epstein. Un portero la hizo pasar y ella se dirigió directamente a la piscina. Después de nadar un rato, Epstein llegó para saludarla. Le sugirió que le echara un vistazo a la sauna. Cuando él entró detrás de ella, Schmidt se sorprendió, pero no se incomodó. Él le preguntó si podía darle un masaje. Ella dijo que sí. Ese fue el comienzo de una relación sexual que Schmidt registró en su diario y que hasta ahora había permanecido en secreto.

Epstein vio que Schmidt tenía potencial para servir a sus propios fines. De manera habitual le pedía que fuera a la biblioteca de Bear Stearns a investigar a posibles clientes. También hacía que les diera recorridos por las oficinas de Bear Stearns a clientes y conocidos, o que los acompañara a cenar. Schmidt entendía lo que estaba pasando. “Siempre se trataba de ponerlo en una posición de ventaja”, dijo. “Yo era su juguete. Era como decir: ‘Tú eres alguien que me va a ayudar a llegar adonde quiero ir’”.

Schmidt no fue la única joven asistente que Schubach le entregó a Epstein. En un libro subido de tono recopilado para celebrar su 50 cumpleaños en 2003, otra mujer que trabajaba en Bear Stearns escribió cómo Schubach la llevó al departamento de Epstein y luego se marchó, justo antes de que Epstein soltara un: “Tú eres virgen, ¿verdad?”. Después el texto describe a Epstein, en otra ocasión, haciéndole cosquillas y besándola. El pasaje incluye una foto de ella en tanga.

El nombre de la mujer fue tachado por el comité del Congreso que publicó el libro de cumpleaños. Pero revisamos una página del índice del libro que no estaba editada, y la mujer se llamaba Suzanne Ircha. Cuando conoció a Epstein acababa de terminar la universidad. (A principios de la década de 1990, cuando Ircha intentaba iniciar una carrera en Hollywood, acudió a Epstein en busca de un préstamo, según las notas que revisamos, tomadas por una de las asistentes de Epstein). Ircha se convertiría en amiga íntima de Melania Trump y se casaría con Woody Johnson, propietario de los Jets de Nueva York y heredero de la fortuna Johnson & Johnson, a quien Trump nombró embajador en el Reino Unido en su primer mandato.

Schubach admitió que a lo largo de los años le mandó algunas jóvenes colegas a Epstein. “El tipo me caía bien”, dijo. “Si había alguna chica que pudiera haberle gustado, ¿los presentaba? Por supuesto”.

Un ejecutivo de Bear Stearns envió a Patricia Schmidt, entonces una asistente de 23 años, al departamento de Epstein, lo que dio lugar a una relación secreta que ella registró en un diario.Credit...Elizabeth Bick para The New York Times
Un ejecutivo de Bear Stearns envió a Patricia Schmidt, entonces una asistente de 23 años, al departamento de Epstein, lo que dio lugar a una relación secreta que ella registró en un diario.Credit…Elizabeth Bick para The New York Times

Una puerta de entrada al círculo social más exclusivo de Estados Unidos

Una señal del notable ascenso de Epstein era el lugar donde pasaba sus días trabajando. En 1987 operaba en las Casas Villard, en la avenida Madison, un complejo de mansiones del siglo XIX convertidas en departamentos de lujo y oficinas. Era un lugar digno de los pesos pesados de la época, un grupo al que Epstein aspiraba a unirse.

Un nuevo conocido, Steven Hoffenberg, quien dirigía Towers Financial, una empresa de cobro de deudas, lo había puesto en este lujoso entorno. Hoffenberg también le pagaba unos 25.000 dólares al mes (el equivalente a unos 70.000 dólares actuales) como asesor. Epstein y Hoffenberg pronto se reinventaron como especialistas en adquisiciones de empresas, intentando, sin éxito, comprar empresas emblemáticas como Pan American World Airways.

Para financiar esa tentativa de compra, Hoffenberg estaba armando lo que resultó ser un elaborado esquema Ponzi que estafó a inversionistas por casi 500 millones de dólares. Hoffenberg, quien una década después sería condenado a 20 años de prisión, afirmó ante el tribunal y en entrevistas que Epstein ayudó a orquestar el fraude. (Hoffenberg murió en 2022).

Epstein negó cualquier implicación, pero es difícil creer que no supiera lo que estaba pasando. En 1988, se puso en contacto con Julian Leese y le ofreció una pasantía en Towers. A pesar del resentimiento persistente de su padre con Epstein, Leese aceptó el trabajo.

Su función consistía en ayudar a Towers a recaudar dinero vendiendo a inversores internacionales lo que resultaron ser bonos fraudulentos. Leese dijo que le presentó a Hoffenberg a su padre, quien a su vez le presentó a Hoffenberg a posibles compradores de los bonos. Entre los clientes a los que Julian Leese vendió los valores de Towers estaban sus padrinos. “Fue un desastre”, le comentó a Pattinson.

Mientras tanto, Epstein empezó a solicitar millones de dólares a otros conocidos, entre ellos Dick Snyder, director ejecutivo de Simon & Schuster, para lo que sugería que eran oportunidades de inversión ventajosas para todos. En 1988, Epstein y unos cuantos inversionistas más empezaron a comprar acciones de Pennwalt, una empresa química de 1000 millones de dólares. Tras revelar públicamente su participación, anunciaron que estaban preparando una oferta para comprar todo Pennwalt por 100 dólares la acción, aproximadamente un 40 por ciento por encima del precio al que cotizaba en ese momento.

Epstein y sus socios no parecían tener intención de comprar realmente la empresa, pero las acciones de Pennwalt se dispararon en previsión de una guerra de ofertas. Así de fácil: podrían vender las acciones y asegurar una ganancia importante. Y Epstein no era tímido sobre lo que hacía. Se hizo amigo del periodista Edward Jay Epstein (sin parentesco) y se lo explicó detalladamente; luego, en 1989, Ed Epstein escribió una columna en la revista Manhattan, inc. que describía lo que era esencialmente una manipulación legal del mercado. (La columna de la desaparecida revista, que encontramos en los archivos de la Universidad de Columbia, no nombraba a Epstein, pero lo describía como “un amigo de 36 años que prefiere permanecer anónimo”. Ed Epstein murió en 2024).

Pero la vileza de Epstein era más profunda. Ed Epstein descubrió que decenas de las personas a las que Epstein había convencido de invertir en Pennwalt, incluido Snyder, le habían escrito exigiéndole que les devolviera su dinero. En otras palabras, Epstein había atraído a los inversionistas, había usado su dinero para obtener grandes ganancias y luego se había negado a devolverles sus fondos. No hay constancia de que Epstein enfrentara ninguna consecuencia, ni de que devolviera el dinero. El resultado fue que, a finales de 1988, declaró tener un patrimonio de unos 15 millones de dólares, según un documento de un banco suizo no revelado anteriormente, que Thomas Volscho, el profesor, compartió con nosotros.

Epstein parecía tener un agudo instinto para distinguir a qué benefactores podía exprimir rápidamente, dejándolos enojados y traicionados, y a cuáles valía la pena cultivar a largo plazo como fuentes de contactos y prestigio. Uno de ellos fue Sir James Goldsmith, un financiero y político europeo bien asentado en la alta sociedad de Manhattan. Una noche, Goldsmith organizó una reunión en su mansión del Upper East Side. Entre los invitados estaba Stuart Pivar, quien había amasado una fortuna antes de convertirse en un reconocido coleccionista de arte. Cuando Pivar llegó, se encontró con Epstein tocando una sonata de Beethoven en un piano ubicado en el amplio vestíbulo de entrada de la casa. Pivar nos contó que quedó cautivado: Epstein tenía un “magnetismo” irresistible, sobre todo con “las bellas hijas de hombres famosos y poderosos”.

Varios años antes, Pivar, Andy Warhol y otros fundaron la Academia de Arte de Nueva York, y en 1987 Epstein se convirtió en miembro de la junta directiva de la organización. Era la primera vez que entraba a formar parte de una junta prominente, y representó un gran paso para dejar atrás sus raíces como un hambriento PSD. Ya se paseaba por Nueva York con mujeres hermosas y se embolsaba decenas de miles de dólares al mes. Ahora empezaba a instalarse en el círculo social más selecto de Estados Unidos. (En años posteriores, tras abandonar el consejo, su afiliación a la academia también le ayudaría a atraer al menos a una joven a su red).

Entre los colegas de Epstein en el consejo figuraban su ex, que ahora estaba casada y usaba el nombre Paula Heil Fisher, así como un miembro de la familia Forbes y Katie Ford, cuya familia dirigía la agencia de modelos Ford. Según los registros que revisamos de los archivos de la academia, Epstein solo se presentaba ocasionalmente en las reuniones de la junta, pero tuvo numerosas oportunidades de relacionarse con los ilustres miembros de la academia.

Tras la muerte de Warhol ese año, la academia organizó en su honor una recaudación de fondos de etiqueta por 150 dólares por persona, que incluía una exposición de arte, una presentación musical y una cena de pargo frío en salsa de vodka. Los fotógrafos captaron a Tony Bennett, Lynn Von Furstenberg y otras estrellas y miembros de la alta sociedad llegando a la fiesta en el centro de la ciudad. En la invitación de la velada figuraban los copresidentes del evento, habituales de los círculos neoyorquinos del arte y las finanzas.

El primer nombre era Jeffrey E. Epstein.

Epstein socializaba con Nikki Haskell (izquierda), amiga cercana de Ivana Trump, y con otros asistentes en el hotel Pierre en 1986, cuando su ascenso aún estaba en marcha.Credit...Marina Garnier
Epstein socializaba con Nikki Haskell (izquierda), amiga cercana de Ivana Trump, y con otros asistentes en el hotel Pierre en 1986, cuando su ascenso aún estaba en marcha.Credit…Marina Garnier

Un estafador conoce a su víctima más importante

Ese año, un fatídico vuelo a Florida serviría para que Epstein pasara de simple millonario a plutócrata con fincas palaciegas, dos islas privadas y aviones de lujo. La transformación se produjo gracias a un nuevo cliente: Les Wexner, el multimillonario que creó marcas como The Limited y Victoria’s Secret. Los presentó un amigo de Wexner, Robert Meister, un ejecutivo de seguros que casualmente se sentó junto a Epstein en el avión a Palm Beach. Meister sugirió a Wexner que se pusiera en contacto con Epstein para pedirle asesoramiento financiero.

Al poco tiempo, Wexner hizo que un asesor financiero, Harold Levin, volara a Nueva York para reunirse con Epstein. Levin nos contó que pasó una hora con Epstein en su despacho e inmediatamente tuvo una mala sensación. Encontró un teléfono público y llamó a Wexner. “Me huele a engaño”, dijo Levin. “No confío en él”.

Al parecer, Wexner no le hizo caso. Aproximadamente un año después, contrató a Epstein para que fuera jefe de Levin. Por lo que Levin pudo ver, Epstein se ganó la confianza del multimillonario diciéndole falsamente que Levin había estado robando. Levin prefirió renunciar que trabajar para Epstein. Al poco tiempo, Wexner había dado a Epstein prácticamente rienda suelta al otorgarle poder notarial sobre sus finanzas. El nombre de Epstein empezó a figurar en archivos del gobierno como responsable de las empresas y organizaciones benéficas de Wexner. Algunos de los teléfonos de Epstein tenían el número de Wexner en marcación rápida, según las fotos que revisamos.

Casi de inmediato, los colegas de Wexner se alarmaron por la manera en que había acogido a Epstein. “Intenté averiguar cómo había pasado de ser maestro de matemáticas en una escuela a ser asesor de inversiones privadas”, declaró el vicepresidente de Limited a The New York Times en 2019. “Simplemente no había nada ahí”. Un miembro del consejo de Limited llegó a preocuparse tanto por Epstein que, de acuerdo con Ed Epstein, contrató a Kroll, la empresa de investigaciones privadas, para ver qué se podía descubrir sobre su pasado. Incluso Meister se dio cuenta de que había juzgado mal a Epstein e instó a Wexner a cortar lazos.

Una vez más, Wexner no hizo caso y, así, se convirtió en el aliado más importante del asombroso crecimiento de la fortuna de Epstein. Uno de los enigmas sin resolver de la era Epstein es qué obtuvo exactamente Wexner de su relación con él. Él se ha negado repetidamente a responder preguntas, incluidas las nuestras. Pero el modus operandi de Epstein con otros hombres adinerados —incluido el multimillonario del capital privado Leon Black— era infundirles miedo: hacerles creer que sus finanzas eran un desastre, que sus asesores e incluso sus familiares eran ineptos o se estaban aprovechando de ellos, y que solo un hombre tenía la capacidad para salvarlos.

Epstein pareció utilizar esa estrategia con Wexner, y recompensarse generosamente. Parecía tomar todo lo que creía merecer de las cuentas de Wexner, según personas que se enteraron más tarde de lo que hacía Epstein. Las cantidades a menudo se medían en decenas de millones de dólares.

Compró una mansión frente al mar en Palm Beach por 2,5 millones de dólares, a alrededor de un kilómetro y medio de la finca Mar-a-Lago de Donald Trump. Epstein y Trump se habían hecho amigos en Nueva York, y Epstein iba con frecuencia al casino de Trump en Atlantic City; un antiguo ejecutivo del casino declaró recientemente a CNN que parecían mejores amigos. En Florida, Epstein empezó a pasar tiempo en Mar-a-Lago, asistiendo a fiestas en las que participaban animadoras de la NFL y participantes de un concurso de “chicas de calendario”.

Compró otra mansión en un terreno de 12 hectáreas en New Albany, Ohio, donde Wexner estaba construyendo un enorme complejo inmobiliario. Abandonó su departamento de un dormitorio en la Torre Solow y empezó a alquilar una gran casa de mármol en el Upper East Side —la antigua residencia del cónsul general adjunto de Irán— por 15.000 dólares al mes. (Según las demandas que hemos revisado, el propietario del edificio Solow demandó a Epstein por no pagar el alquiler. El propietario de la casa del Upper East Side —el gobierno de Estados Unidos— lo demandó por subarriendo ilegal. El propietario de las Casas Villard, donde ahora alquilaba su propia oficina, hizo acusaciones similares).

Epstein se paseaba por Manhattan en un Rolls-Royce Silver Spirit. Empezó a donar miles de dólares a políticos y a entablar relaciones con ellos. En 1989, Epstein acompañó a Wayne Owens, congresista demócrata por Utah, en un viaje a Medio Oriente para explorar formas de promover los lazos comerciales entre Israel y sus vecinos. Al parecer, Epstein fue invitado en calidad de experto en finanzas, pero a los participantes les pareció que estaba fuera de su elemento y que se aburría.

Dan Gordon, un guionista que formaba parte de la comitiva, dice que le advirtió a Owens que Epstein estaba faltando al respeto con su desaliñada vestimenta en las reuniones con Benjamín Netanyahu y Shimon Peres, de Israel, y con el príncipe heredero de Arabia Saudita en aquel momento, Abdullah bin Abdulaziz Al Saud, el tipo de contactos que Epstein cultivaría en los años siguientes. Uno de los asistentes de Owens, Michael Yeager, recordó que Epstein se jactaba de su búsqueda estilo Indiana Jones de activos ocultos y de sus estrechos vínculos con Wexner.

Más allá del dinero, el mayor valor de Wexner para Epstein era que le confería nueva credibilidad y prestigio. En 1989, Ken Lipper, un destacado gestor de fondos, estaba en la fila para subir a la montaña en Aspen, Colorado, cuando un desconocido se le acercó. Era Epstein. Le dijo que trabajaba para Wexner, quien quería invitar a Lipper a una fiesta en Aspen. Según la persona que nos contó esto, Lipper no tenía idea de cómo Epstein, que iba a pie por la nieve, lo había localizado. Pero Wexner era un multimillonario, así que Lipper asistió a la fiesta y luego se reunió en privado con Epstein, quien puso millones de dólares de Wexner en uno de los fondos de Lipper. En un acto de deshonestidad del que no se había informado anteriormente, Epstein luego afirmó en un documento regulatorio que era empleado de ese fondo de Lipper.

Epstein también se hizo pasar por cazatalentos de Victoria’s Secret, lo que llevó a más ejecutivos a quejarse con Wexner, en vano, sobre su conducta. Empezó a mencionar su trabajo para Wexner para demostrar sus credenciales a bancos, reguladores y periodistas. Durante la mayor parte de su vida, Wexner sería su único cliente conocido públicamente.

Llega una nueva novia y cómplice

Epstein estaba a punto de conocer a una persona que le abriría las puertas de círculos aún más elitistas y desempeñaría un papel crucial en sus crímenes más oscuros. Su romance de casi una década con Eva Andersson llegó a su fin hacia 1990. Según Epstein, la ruptura fue el resultado de la comprensión mutua de que el futuro de él no incluía “quedarse en un lugar y tener una familia”. Siguieron siendo unidos hasta la muerte de Epstein.

Poco después de esta ruptura, Epstein conoció a Ghislaine Maxwell, hija del magnate británico de los medios de comunicación Robert Maxwell. Su primer encuentro, organizado por una amistad en común, ocurrió en el despacho de Epstein en las Casas Villard, según dijo ella. Cuando el autoritario Robert Maxwell se enteró de que su hija pasaba tiempo con Epstein, se puso en contacto con Ace Greenberg y Jimmy Cayne, dos personas muy cercanas a él, para averiguar qué sabían de su antiguo empleado de Bear Stearns. Al parecer, Greenberg y Cayne avalaron a Epstein.

Aquel noviembre, Robert Maxwell murió repentinamente mientras sus negocios se desmoronaban. Ghislaine Maxwell voló a Nueva York, angustiada y con poco dinero. Epstein acudió en su ayuda, económica y socialmente. Cuando se llevó a cabo un evento en memoria de su padre en el Hotel Plaza —propiedad de Trump en ese momento—, Epstein se sentó junto a Maxwell; él de corbata blanca, ella de azul reluciente. Para 1992 ya eran pareja.

Fue en esa época cuando, al parecer, Epstein empezó a atraer y abusar de cientos de adolescentes y mujeres jóvenes. Más tarde, Maxwell fue condenada por desempeñar un papel fundamental en su operación de tráfico sexual; actualmente cumple una pena de 20 años en prisión. Recientemente dijo a Todd Blanche, fiscal general adjunto (y exabogado personal de Trump), que Epstein había sido su “salvación”.

Sus amigos nos contaron que Maxwell intentó enseñarle modales sociales, cómo vestirse y cómo comportarse como un aristócrata. No todas las lecciones dieron resultado, pero gracias a su lista de contactos glamorosos, Epstein se convirtió aún más en un habitual de la exclusiva escena social de Manhattan.

En una elegante velada, conoció a la periodista de ABC News Catherine Crier y le habló de los científicos que conocía. Crier nos contó que, unos meses después, ella y Epstein asistieron a la proyección de una película en el Plaza. Epstein destacaba con una camiseta blanca entre los invitados, que iban vestidos formalmente. En el evento, Crier le presentó a su amigo Elliot Stein, un destacado banquero de inversiones. Stein conectó más tarde a Epstein con Leon Black, quien acabaría sustituyendo a Wexner como el cliente más lucrativo de Epstein. Este fue el momento más productivo de Epstein, quien aprovechaba una relación para crear otra, una y otra vez.

Mientras salía con Maxwell, Epstein seguía viendo a otras mujeres jóvenes, y presumiéndolas frente a hombres poderosos. Una de ellas era Stacey Williams, exmodelo de trajes de baño de Sports Illustrated, a quien conoció en una fiesta de Navidad que Trump organizó en el Plaza. En 1993, Epstein llevó a Williams a la Torre Trump. Williams ha dicho que Trump la manoseó y que después Epstein la reprendió por permitirlo. (Trump lo ha negado).

Mientras Wexner se preparaba para casarse con la abogada Abigail Koppel, Epstein le ayudó a preparar un acuerdo prenupcial para proteger los bienes del multimillonario. Williams contó que, cuando llegó el momento de firmarlo en enero de 1993, Epstein le dio instrucciones para que entregara el documento en el despacho de Wexner vestida con un traje sexi, junto con un mensaje en broma: ¿Estaba seguro de que quería casarse? Williams dice que se sintió incómoda al verse involucrada en los asuntos de Wexner; a regañadientes entregó el acuerdo, aunque sin cumplir la petición del vestuario.

Epstein se convirtió en donante y visitante habitual de la Casa Blanca de Clinton, con su novia, Ghislaine Maxwell (derecha).Credit...Ralph Alswang/La Casa Blanca, vía Alamy Image
Epstein se convirtió en donante y visitante habitual de la Casa Blanca de Clinton, con su novia, Ghislaine Maxwell (derecha).Credit…Ralph Alswang/La Casa Blanca, vía Alamy Image

Donaciones para acercarse a los Clinton y los Rockefeller

Un helado jueves de febrero de 1993, Epstein y Wexner llegaron al 1600 de la avenida Pennsylvania, en Washington. Apenas unas semanas antes, Bill Clinton había tomado posesión como el presidente número 42 de Estados Unidos. Esa fue la primera de muchas visitas que Epstein haría a la Casa Blanca de Clinton.

Epstein se había convertido en donante político —incluyendo, ese mismo año, 10.000 dólares para ayudar a reformar la Casa Blanca, lo que le valió un lugar en una recepción con los Clinton— y eso le daba cierto prestigio con el nuevo presidente. Pero Epstein también tenía algo más a su favor: una nueva conexión llamada Lynn Forester.

Forester nos contó que conoció a Epstein en una recepción para George Mitchell, líder de la mayoría del Senado, de quien Epstein se había hecho amigo. Forester era una exitosa ejecutiva de telecomunicaciones, pero alcanzó mayor notoriedad gracias a su matrimonio con Andrew Stein, el político de Manhattan que en 1993 se postuló sin éxito a la alcaldía de Nueva York. El final de su campaña a la alcaldía coincidió con el final de su matrimonio de 10 años. Ahora Forester y Stein discutían sobre cómo repartirse millones de dólares, y al parecer Epstein convenció a Forester de que podía protegerla para que no la estafaran. Era una versión de la misma táctica que utilizó para ganarse la simpatía de Wexner años antes.

Una fuente nos dijo que Epstein llamó a uno de los abogados de Stein, afirmó que Forester le había dado poderes para negociar en su nombre y exigió que Forester, como principal sostén de la pareja, se llevara una tajada mayor de los bienes. (Forester nos dijo que no tiene “ni idea” de con quién habló Epstein, ni “por qué se creía autorizado a hacer nada en mi nombre”).

Fue un momento oportuno para que Epstein se congraciara con Forester, a quien Clinton había nombrado miembro de una comisión asesora de la Casa Blanca. Al menos en una ocasión, Forester mencionó a Epstein en una breve conversación privada con el presidente, según una carta, publicada por primera vez por The Daily Beast, en la que hablaba de Epstein. Según registros del archivo presidencial de Clinton, Epstein se convirtió en un visitante habitual de la Casa Blanca, a veces acompañado de una novia. (Forester dice no recordar “haber tenido nada que ver con Epstein y la Casa Blanca”. Ella dice que cortó la relación con él en 2000, luego de que la engañara en una transacción inmobiliaria. “Yo era una parte muy pequeña de la vida de Epstein, y él fue un parpadeo en la mía”, afirmó).

Para 1995, Clinton y Epstein eran tan amigos que le escribió una nota deseándole una pronta recuperación a la madre enferma de Epstein. “Aguanta”, garabateó el presidente en una nota adhesiva amarilla que Epstein guardó y nosotros revisamos. (“El presidente no sabía nada de este tipo”, dijo Angel Ureña, portavoz de Clinton. “Nadie sabía nada”).

Más o menos al mismo tiempo, Epstein empezó a entablar relaciones con los vástagos de dos de las familias más ricas de Estados Unidos.

Una era Libet Johnson, hermana de Woody Johnson y también heredera de la fortuna Johnson & Johnson. Epstein supervisaba un fideicomiso que incluía parte de sus tierras, y Maxwell le contó a Blanche que, a mediados de la década de 1990, Epstein le brindaba a Johnson el mismo tipo de servicios que ofrecía a Wexner. En 1994, Johnson donó más de 2 millones de dólares a su Fundación J. Epstein, según documentos que encontramos en el repositorio de antiguos registros benéficos de la Universidad de Indiana en Indianápolis.

Epstein utilizó la fundación para conseguir acceso a organizaciones prestigiosas y personas influyentes, incluido David Rockefeller, heredero de la fortuna industrial. Poco después de que la fundación se estableciera a principios de la década de 1990, comenzó a donar decenas de miles de dólares a la Universidad Rockefeller, una prestigiosa institución de investigación, y a la Comisión Trilateral, que Rockefeller había creado como un foro para que algunas de las figuras más poderosas del mundo discutieran problemas globales.

Las donaciones parecieron surtir el efecto deseado. En 1995, Rockefeller dio la bienvenida a Epstein en la junta de la Universidad Rockefeller, según observaciones preparadas que encontramos en el archivo familiar. Por esa época, Epstein recibió a Rockefeller en su mansión de Manhattan para hablar, junto con un pequeño grupo de personas adineradas, sobre la mejor manera de transmitir dinero y valores a las generaciones más jóvenes, según alguien que estuvo presente. Epstein también se convirtió en miembro de la Comisión Trilateral. Un programa de una cena de 1998 celebrando el 25 aniversario de la comisión mencionaba a los participantes de la velada, incluidos Epstein y Forester, que figuraban como pareja. (Forester dijo que no recordaba haber asistido).

A partir de entonces, Epstein citaría incansablemente sus conexiones con Rockefeller, llegando incluso a afirmar que él gestionaba dinero para la dinástica familia. Una persona que estuvo cerca de Rockefeller y ayudó a gestionar su dinero nos dijo que eso no era verdad. Epstein, dijo, ni siquiera le había propuesto a Rockefeller ninguna inversión.

Epstein también empezó a darle dinero a la Universidad de Harvard, donde le interesaba cultivar contactos con académicos de alto nivel. Uno de ellos era el profesor de derecho Alan Dershowitz. En el verano de 1996, Dershowitz estaba en su casa de Martha’s Vineyard cuando recibió una llamada de Forester. Ella estaba en el viñedo con Epstein, quien, dijo, era donante de Harvard y quería conocer a Dershowitz.

Dershowitz nos contó que Epstein se presentó en su casa de Chilmark más tarde ese mismo día, llevando champán de añada. Ambos dieron un paseo por un estanque cercano, y Epstein, siempre presumiendo sus contactos, le informó a Dershowitz que mantenía una estrecha relación con personalidades de Harvard, entre ellas Larry Summers, un profesor de economía que en ese momento trabajaba en el gobierno de Clinton. Pero el tema principal era Wexner, quien Epstein dijo que le había enseñado “cómo ser rico”. Se acercaba el cumpleaños de Wexner, y Epstein quería que Dershowitz asistiera a una cena en su honor. Dershowitz terminó viajando a Ohio en uno de los aviones de Epstein, junto con el senador John Glenn. Shimon Peres —el entonces reciente primer ministro de Israel, a quien Epstein había conocido años antes durante el viaje a Medio Oriente con el representante Owens— estaba entre los otros invitados a la cena. (Al año siguiente, Forester organizó una fiesta en Martha’s Vineyard donde Epstein socializó con invitados que incluían a Dershowitz y al príncipe Andrés del Reino Unido.)

Al año siguiente de conocer a Epstein, Dershowitz escribió un artículo de opinión para Los Angeles Times en el que sostenía que la edad de consentimiento sexual debía reducirse a 15 años. Epstein pareció ver el potencial de alimentar una relación con el destacado abogado. Le presentó a Dershowitz a Jimmy Cayne para que Bear Stearns gestionara su dinero. Y convenció al inversionista Orin Kramer, cuyo fondo de cobertura ya manejaba decenas de millones de dólares de Wexner, de que dejara invertir también a Dershowitz.

Pero el fondo de cobertura de Kramer pronto sufrió pérdidas catastróficas, y la inversión de seis cifras de Dershowitz quedó aniquilada. Epstein exigió a Kramer que indemnizara a Dershowitz y lo amenazó con hacerle la vida imposible si se negaba. Al final negociaron un acuerdo: Kramer reembolsaría la inversión de Dershowitz si Epstein accedía a mantener al menos 30 millones de dólares del dinero de Wexner en el fondo de cobertura en dificultades. De este modo, Kramer recibiría suficientes honorarios de Wexner para cubrir el costo de reembolsar a Dershowitz.

Mantener contento a Dershowitz resultó ser una jugada acertada. Él se convertiría en uno de los defensores más visibles y de mayor duración de Epstein. En 2005, los padres de una niña de 14 años en Palm Beach denunciaron a la policía que Epstein había abusado sexualmente de ella; eso dio lugar a investigaciones penales estatales y federales. Dershowitz y otros abogados orquestaron un acuerdo favorable en el que Epstein evitó una acusación federal, se declaró culpable en Florida por solicitar prostitución de una menor y recibió una sentencia leve de cárcel. (También tuvo que registrarse como delincuente sexual).

Presumiblemente sin proponérselo, Wexner había subsidiado la prolongada y provechosa relación que Epstein cultivó con Dershowitz.

‘Te dije que me iría muy bien’

En 1999, Julian Leese llamó a la imponente puerta de madera de la casa de Epstein en Manhattan. Habían pasado años desde la última vez que vio a Epstein, cuando Leese fue pasante de Towers y perdió el dinero de sus padrinos, y aún más desde que Leese y su familia le enseñaron a un joven Epstein a disparar y a mezclarse con aristócratas poco después de su salida de Bear Stearns. Según contó Leese al periodista Tom Pattinson para un pódcast, le había avisado a Epstein que estaría en la ciudad, y este, que ahora tenía 46 años, le invitó a tomar el té en su residencia del Upper East Side.

Un mayordomo le hizo señas para que entrara. Pronto Epstein descendió por la amplia escalera. “Muchacho”, declaró, “te dije que me iría muy bien”.

No cabía duda: Epstein era increíblemente rico. Los documentos financieros de su empresa en esa época indicaban que su patrimonio superaba los 100 millones de dólares, una cantidad que aumentaría sustancialmente en los años siguientes. Gran parte de ese dinero parecía haber llegado a Epstein de manos de Wexner, quien más tarde afirmaría que “se había apropiado indebidamente de grandes sumas de dinero”.

Bear Stearns seguía siendo su empresa de corretaje preferida en Wall Street, pero iba camino de convertirse en un codiciado cliente de JPMorgan Chase, cuyo presidente quedó impresionado por la afirmación de Epstein de que gestionaba dinero para David Rockefeller. Hasta 2013, como informamos este año, JPMorgan proporcionaría a Epstein una serie de servicios que facilitaron su operación de tráfico sexual.

Para entonces, Epstein ya había acumulado un enorme portafolio inmobiliario que incluía Little St. James, una isla frente a la costa sureste de St. Thomas, en las Islas Vírgenes estadounidenses. Epstein, y una rotación constante de víctimas e invitados famosos, se trasladaba entre sus propiedades en una flota de aviones privados.

El ritmo de violaciones, abusos y trata de niñas y mujeres jóvenes de Epstein se aceleraba. Al final, enfrentaría acusaciones de cientos de mujeres. Little St. James era un lugar ideal y apartado para sus delitos.

Pero había algo más que hacía atractiva a Little St. James. Las Islas Vírgenes estadounidenses eran un lugar inusualmente favorable para que Epstein hiciera negocios. La aplicación de la ley y las regulaciones financieras del territorio eran notoriamente laxas, y sus políticos complacientes. Además, las islas habían creado una serie de generosos incentivos fiscales para atraer empresas desde el continente.

Epstein solicitó una de esas exenciones, que permitiría a su empresa principal, Financial Trust, evitar la mayoría de los impuestos, lo que representaría un ahorro potencial de decenas de millones de dólares al año.

En una templada tarde de abril de 1999, Epstein compareció en una audiencia ante la Comisión de Desarrollo Industrial, que estudiaría (y finalmente aprobaría) su solicitud.

Epstein era “un caballero de la más alta integridad”, escribió uno de sus banqueros en una carta en la que lo avalaba cuando solicitó una exención fiscal a las Islas Vírgenes estadounidenses en 1999.Credit...Dafydd Jones
Epstein era “un caballero de la más alta integridad”, escribió uno de sus banqueros en una carta en la que lo avalaba cuando solicitó una exención fiscal a las Islas Vírgenes estadounidenses en 1999.Credit…Dafydd Jones

Para avalar su reputación, Epstein había recurrido a Harry Loy Anderson Jr., presidente del Palm Beach National Bank & Trust Company, donde Epstein tenía cuentas desde principios de la década de 1990. Anderson —cuya hija ahora está comprometida con Donald Trump Jr.— escribió una carta en la que afirmaba que Epstein era “un caballero de la más alta integridad” y que “goza de una excelente reputación en nuestra comunidad”. (El administrador de la casa de Epstein dijo posteriormente en una declaración que utilizaba el banco de Anderson para pagar a algunas de las víctimas de Epstein). La carta, de la que no se había informado anteriormente, se presentó a la comisión de desarrollo y fue obtenida por el periodista Wayne Barrett; la encontramos en sus archivos del Centro Briscoe de Historia Estadounidense de la Universidad de Texas, en Austin.

En la sala de audiencias, Epstein pintó una versión fantástica de la historia de su vida, según una transcripción de la reunión que obtuvimos de las Islas Vírgenes estadounidenses. Había dejado voluntariamente un empleo en Bear Stearns para convertirse en “doctor financiero” de los ricos. Uno de esos clientes, Wexner, le había ayudado a desarrollar su “sentido de la integridad”. Más tarde se había vuelto cercano a la familia Rockefeller, a la que asesoraba “en ciertas cuestiones financieras”.

Al final tenía a los miembros y el personal de la comisión comiendo de su mano, sumándose a la larga lista de personas e instituciones que, consciente o inconscientemente, se convertirían en facilitadores de Epstein. Uno parecía estar buscando consejos sobre acciones. Otros competían para que estableciera su empresa en sus islas dentro del territorio. Otro le preguntó si consideraría impartir un curso en la universidad local. “Me encantaría”, respondió Epstein. “Como dije fuera de esta sala, creo que el futuro de las Islas Vírgenes realmente está en los jóvenes”.

Y creía tener algo que enseñarles. Una de sus prioridades en el aula, reflexionó, sería educarlos sobre “la ética en los negocios, que hoy en día es algo muy difícil”.